jueves, 30 de agosto de 2012

Cuentacuentos

Así que por fin acabé mi primer borrador. Solo falta darle una manita de gato, darle el formato que se me pidió y listo. A ver que tal se rifa. P.D: Me gusta mucho escribir.







Abro mis ojos lentamente y una cegadora luz me deslumbra. Me toma varios segundos darme cuenta de lo que está pasando, después de todo hacía solo fracciones de segundos que estaba en un mundo totalmente distinto, un mundo mejor. Me tallo los ojos y veo que mi despertador está perdido, así que comienzo a buscarlo en el espacio prácticamente inhabitable al que muy irónicamente llamo habitación, encontrándolo finalmente en una esquina, con el cristal hecho añicos y la manecilla mayor torcida en una posición que probablemente nunca había figurado entre sus planes hasta esta mañana.

"Ciertamente nunca me he llevado muy bien con las alarmas" pienso mientras bostezo y me estiro. Mi estómago ruge y me doy cuenta de que estoy muy hambriento, algo que no me sorprende, pues ese ha sido la norma en las última dos semanas. De alguna manera llego hasta la cocina en medio de mi estupor matutino y abro la alacena que se encuentra sobre de mi sin mucho ánimo, pues ya se lo que encontraré dentro. Abro una lata de atún y un paquete de galletas y procedo a comerlo todo, procurando no dejar ni un rastro de comida; podrá ser insípida pero en realidad no estoy en posición de ser selectivo.

Ya un poco más despierto trato de recordar si había algo especial acerca de hoy, pues mi cerebro ciertamente siente que es así, y me enfrento a un pequeño problema: no tengo idea de que día es hoy. Alzo mi vista al reloj que se encuentra a mi derecha, y mi duda se aclara: son las 11:56 A.M. del 29 de Junio del año 2026.

La fecha no suena ninguna campana en mi mente, así que dejo el asunto por la paz y procedo guardar la lata del atún en una bolsa de plástico y tiro el empaque de las galletas en la bolsa de desechos. En realidad cualquier cosa remotamente usable es digna de ser guardada en estas épocas, así que ese término es cada vez más escaso: botellas de cristal, neumáticos, tablones de madera, sillas plásticas, clavos, herramientas, recipientes, baterías, juguetes y hasta una gran cabeza de alce (esta última por mero capricho mío) decoran mi cocina, pero yo nunca he sido del tipo de persona que se preocupe por el orden, así que esto nunca me ha molestado en realidad.

Sigo mi camino entre toda la chatarra hacía el estudio, un poco molesto por haber desperdiciado aproximadamente 5 horas de luz, pero agradecido a la vez de que pudiera disfrutar de unas cuantas horas de sueño, porque últimamente ha sido cada vez más difícil. Entro al estudio y me tomo unos segundos para disfrutar de la gloriosa vista de miles de libros apilados sobre estantes, esperando pacientemente a ser leídos, indiferentes acerca de la gruesa capa de polvo que cubre a la gran mayoría. Recorro las cortinas y la luz del sol entra felizmente al estudio; cuando menos esa luz que se logra filtrar entre los gruesos tablones que cubren las ventanas. Es la cantidad de luz perfecta, así que me doy el gusto de una pequeña sonrisa de satisfacción mientras dirijo mi mirada a la puerta que se encuentra al fondo de la amplia habitación, y la observo tan grande, amenazante y ominosa como siempre.

Giro la perilla y esta me responde con un estridente chillido y antes de atravesar el umbral tomo el pequeño libro rojo, exactamente de el mismo lugar donde lo había dejado el día anterior.

La escena habitual me recibe como es costumbre ya: Enormes esqueletos de rascacielos se elevan entre edificios despintados y cubiertos de enredaderas, en medio de calles cuarteadas con gigantescos árboles saliendo de lugares donde claramente no deberían de haber estado jamás, aves revoloteando en los ahora solamente decorativos postes de iluminación y hasta un pequeño grupo de ciervos pastando en lo que antes era un gran estacionamiento.

Es una escena que en cualquier otra época del "mundo moderno" hubiera causado incredulidad, pero es muy real. Demasiado real para mi gusto, de cualquier forma, y como no hay nada que yo pueda o haya podido hacer al respecto simplemente me encojo de hombros y digiero la escena por unos minutos, como hago todas las mañanas (o en este caso tardes ya).

Pasado este momento de nostalgia volteo a mi izquierda y me reconforto al ver que todo sigue igual que el día anterior.

La pequeña hortaliza que tengo frente de mí luce triste y desganada desde hace días ya y es que por alguna razón no ha llovido en semanas. Me preocupo bastante, pues es la única forma de conseguir comestibles realmente confiable; el buscar alimento en los edificios aledaños se ha vuelto realmente complicado y más veces de las que quisiera regreso a casa sin nada salvo mucha hambre y en realidad yo nunca he sido bueno en la cacería. Me doy cuenta que la hora de regado pasó hace un par de horas ya, así que tomo una pequeña regadera verde y me doy cuenta de que tiene menos agua de la que yo anticipé: nada, para ser exacto. Miro al cielo y veo que es un día completamente perfecto y despejado y en mi interior envío una plegaria a Dios para que mande una pequeña nube de lluvia, cuando menos sobre este edificio.

...
Dios
...

Súbitamente una sensación de ira sube por mi espina dorsal y mi cara comienza a sentirse caliente.

¿Dios?

¿Qué clase de Dios permitiría que esto hubiera pasado en primer lugar? ¿Qué clase de Dios apartaría de mi todo lo que alguna vez me importó para seguramente no volverlo a ver jamás? ¿Qué clase de Dios, además de todo esto, me dejaría en este mundo solo, sin nadie con quien hablar, reír, desahogarme o pedir ayuda de vez en cuando? Si algo es seguro es que no es clase de Dios a la cual le importaría si muero deshidratado o no.

En mi ataque de impotencia arrojo la pequeña regadera verde sobre el borde del barandal, algo de lo que muy seguramente me arrepentiré después, y caigo de rodillas, y golpeo el piso con mi puño repetidamente, sin importarme en lo absoluto el dolor que siento.

Después de lo que parecieron horas logro recomponerme y me levanto, enjugando lágrimas de mis ojos y pensando en lo estúpido que fui al arrojar la regadera a la calle. Decido que debo de ir por ella, pero en realidad no tengo ganas de hacer nada más el día de hoy, y no es como si alguien se la fuera a robar de todos modos, así que me conformo con sentarme en una silla colocada debajo de una sombrilla, mi propio paraíso en este deshabitado lugar, y comienzo a leer el libro rojo que tomé antes de salir a la terraza.

Durante horas me pierdo en un extraño mundo de ciencia ficción, donde los perros hablan, los magos existen  y hay diminutos seres azules viviendo en diminutas ciudades en las partes más profundas de los bosques, un mundo maravilloso, pienso yo. Mucho mejor que este, por lo menos.

Terminada la lectura llego a la conclusión de que la única razón por la cual no he perdido la cordura todavía es la gigantesca biblioteca que se encuentra detrás de la puerta de madera a mis espaldas, así que musito un débil "Gracias" al aire, como si esperara que el legítimo dueño de ese departamento me escuchase.

Doy un rápido vistazo a mi alrededor, me despido de la pequeña hortaliza y a regañadientes entro a el estudio, al mundo real.

Dentro del departamento apenas se tiene visibilidad, pues el sol está a punto de ponerse, así que camino con cuidado hacia la cocina, tomo una manzana del ahora vacío frutero en medio de la mesa y me siento a comer en silencio. Terminada la manzana tiro el ahora oxidado corazón al piso, pues estoy demasiado cansado para que me importe, me levanto, abro la otra alacena y saco una botella a medio acabar de whisky.

El tiempo pasa en silencio, este último interrumpido solamente a ratos por el sonido de líquido moviéndose y el de largos y profundos tragos, hasta que finalmente el líquido ya no es más y su sonido es ahora reemplazado por el de ahogados sollozos y de un rítmico goteo.

Finalmente, reúno la suficiente fuerza de voluntad para levantarme y arrastro mis pies hasta mi cuarto. Topo con mi cama y simplemente me desplomo sobre de ella, sin poder dormir todavía. Pierdo la noción del tiempo, mientras recuerdos borrosos pasan enfrente de mi, intangibles, pero igualmente dolorosos.

Al final, cuando por fin mi mente cree que tuvo demasiado y comienzo a perder la poca consciencia que todavía tenía creo ver un relámpago alumbrar mi cuarto y mi tesis queda confirmada pocos segundos después, al escuchar el estruendo de este resonar por todo el edificio.

"Tal vez mañana no sea tan malo" pienso, mientras mi mente se apresura hacia el profundo abismo que se cierne debajo mío. Mi verdadero y único escape.

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